miércoles, 4 de enero de 2012

Mogo no quiere dejar de mejorar

Alquimia

Mogo no quiere dejar de mejorar

Paulo Coelho
--www.paulocoelhoblog.com



--Ilustración Vanessa Balleza vanessa@ballezarte.com.ve --Traducción Diego Chozas

(Una historia enviada por Shirlei Massapust)
Hace muchos años, vivía en China un joven llamado Mogo, que se ganaba el sustento picando piedras. Aunque era sano y fuerte, el muchacho no se conformaba con su destino, y se quejaba día y noche. Tanto blasfemó contra Dios, que su ángel de la guarda acabó apareciendo.

­Tienes salud, y toda una vida por delante ­dijo el ángel­. Todos los jóvenes empiezan haciendo algo como tú. ¿Por qué te quejas constantemente? ­Dios fue injusto conmigo, y no me dio una oportunidad para crecer ­respondió Mogo.

Preocupado, el ángel se presentó ante el Señor, pidiendo ayuda para que su protegido no acabase perdiendo el alma.

­Que se haga tu voluntad ­dijo el Señor­. Todo lo que Mogo quiera, le será concedido.

Al día siguiente, Mogo picaba piedras cuando vio pasar un carruaje que transportaba a un noble cubierto de joyas. Pasando las manos por el rostro sudoroso y sucio, Mogo dijo con amargura: ­¿Por qué yo no puedo ser noble también? ¡Ese es mi destino! ­¡Lo serás! ­murmuró el ángel con inmensa alegría.

Y Mogo se transformó en el dueño de un palacio suntuoso, con muchas tierras, rodeado de sirvientes y caballos. Una tarde, el calor era insoportable; incluso debajo de su sombrilla dorada.

Mogo sudaba como en el tiempo en que picaba piedras. Entonces se dio cuenta de que no era tan importante como pensaba: por encima de él había príncipes, emperadores y sobre todos ellos estaba el sol, que no obedecía a nadie.

­¡Ah, ángel mío! ¿Por qué no puedo ser el sol? ¡Ese debe ser mi destino! ­se lamentó Mogo.

­¡Pues lo serás! ­exclamó el ángel, escondiendo su tristeza ante tamaña ambición.

Y Mogo se convirtió en el sol, como deseaba.

Mientras brillaba en el cielo, admirado con su gigantesco poder, un punto negro comenzó a avanzar hacia él. La mancha oscura fue creciendo, y Mogo se dio cuenta de que era una nube, extendiéndose a su alrededor, y haciendo que ya no pudiese ver la Tierra.

­¡Ángel! ­gritó Mogo­ ¡La nube es más fuerte que el sol! ¡Mi destino es ser nube! ­¡Lo serás! ­respondió el ángel.

Mogo se transformó en nube, y le pareció que había realizado su sueño.

­¡Soy poderoso! ­gritaba, oscureciendo el sol.

­¡Soy invencible! ­tronaba, persiguiendo a las olas.

Pero, en la costa desierta del océano se erguía una inmensa roca de granito, tan vieja como el mundo. Mogo pensó que la roca lo desafiaba, y desencadenó una tempestad que nunca antes se había visto en el mundo.

Pero la roca continuaba en su lugar.

­¡Ángel! ­sollozaba Mogo­ ¡La roca es más fuerte que la nube! ¡Mi destino es ser una roca! Y Mogo se transformó en roca.

­¿Quién podrá vencerme ahora? ­se preguntaba a sí mismo­. ¡Soy el más poderoso del mundo! Y así pasaron varios años hasta que, cierta mañana, Mogo sintió un pinchazo agudo en sus entrañas de piedra. A continuación escuchó golpes sordos, insistentes, y una vez más el dolor gigantesco. Loco de espanto, gritó: ­¡Ángel! ¡Alguien está queriendo matarme! ¡Él tiene más poder que yo, y yo quiero ser como él! ­¡Y lo serás! ­exclamó el ángel, llorando.

Y de esta manera Mogo volvió a picar piedras.


Lenin desciende a los infiernos

Alquimia

Lenin desciende a los infiernos

Paulo Coelho
--www.paulocoelhoblog.com



--Ilustración Vanessa Balleza vanessa@ballezarte.com.ve --Traducción Montserrat Mira

Después de hacer la Revolución Rusa, acabar con las diferencias de clases sociales y dedicar su vida entera al comunismo, Lenin finalmente muere. Por ser ateo, termina yendo al infierno.

Al llegar allí, descubre que la situación es peor que en la Tierra: los condenados son sometidos a sufrimientos increíbles, no hay alimento para todos, los demonios son desorganizados, Satanás se comporta como un rey absoluto, sin ningún respeto por sus empleados o por las almas en pena que sufren el suplicio eterno.

Lenin, indignado, se rebela contra la situación: organiza manifestaciones, hace protestas, crea sindicatos con diablos descontentos, incentiva rebeliones. En poco tiempo, el infierno está cabeza para abajo: nadie respeta ya la autoridad de Satanás.

Satanás ya no sabe qué hacer: ¿cómo puede funcionar su reino, si aquel rebelde está subvirtiendo todas las leyes? Intenta un encuentro con él, pero Lenin, alegando no conversar con opresores, manda un recado a través de un comité popular diciendo que no reconoce la autoridad del Jefe Supremo.

Desesperado, Satanás va hasta el cielo para conversar con San Pedro.

­¿Te acuerdas de aquel sujeto que hizo la Revolución Rusa? ­pregunta Satanás.

­Nos acordamos muy bien ­responde San Pedro­. Un comunista. Odiaba la religión.

­Es un buen hombre ­insiste Satanás­. Aunque tenga sus pecados, no merece el infierno; al fin y al cabo, procuró luchar por un mundo más justo. En mi opinión, debería estar en el cielo.

San Pedro reflexiona algunos momentos.

­Creo que tienes razón ­dice finalmente­. Todos nosotros tenemos nuestros pecados, hasta yo mismo llegué a negar a Cristo tres veces. Envíalo para aquí.

Loco de contento, Satanás regresa a su casa y envía a Lenin directo al cielo. Enseguida, con mano de hierro y alguna violencia, termina con los sindicatos de demonios, disuelve el comité de almas descontentas, prohíbe asambleas y manifestaciones de condenados.

El infierno vuelve a ser el famoso lugar de los tormentos que siempre asustó al hombre. Loco de alegría, Satanás se pone a imaginar qué es lo que debe de estar pasando en el cielo. "¡En cualquier momento San Pedro estará llamando aquí, pidiendo que Lenin retorne!", ríe. "¡Debe haber transformado el Paraíso en un lugar insoportable!" Pasa el primer mes, pasa un año entero, y ninguna noticia del cielo. Satanás resuelve llegarse hasta allí para ver lo que está sucediendo. Encuentra a San Pedro en la puerta del Paraíso.

­¿Y que tal, cómo van las cosas? ­pregunta.

­Muy bien ­responde San Pedro.

­¿Pero está realmente todo en orden? ­¡Claro! ¿Por qué no habría de estar? ­Escucha, San Pedro, ¿aquel comunista que te mandé, se ha portado bien? ­¡Muy bien! ­¿Ninguna anarquía? ­Al contrario. Los ángeles son más libres que nunca, las almas hacen lo que desean, los santos pueden entrar y salir sin horario fijo.

­¿Y Dios, no se queja de este exceso de libertad? San Pedro mira, con cierta piedad, al pobre diablo que tiene enfrente.

­¿Dios? Camarada, ¡Dios no existe!