viernes, 19 de febrero de 2021

 

Fernando Mires - EL DECLIVE DE LA DEMOCRACIA LIBERAL

 

 Escribo sobre el declive y no sobre el fin de la sociedad liberal como en tantos textos se anuncia. El término “fin” vende más, sin duda, pero es definitivamente apocalíptico. Da la impresión de que la historia avanzara a saltos, y no es tan cierto. Sin necesidad de recurrir a Hegel como mentor, la experiencia histórica indica que las formaciones pretéritas siguen prevaleciendo al interior de las nuevas, sin ser suprimidas. Podríamos, claro está, usar otro término. Por un momento pensé incluso en titular este artículo como el “eclipse” de la sociedad liberal.

Sin duda “eclipse” es más poético, más estético, más bonito. Pero eclipse significa un oscurecimiento transitorio que indica que después volverá a aclarar y las cosas seguirán siendo igual que antes. Declive, por el contrario, significa que algo declina, sin anunciarse ni saberse lo que ocurrirá después, ya que, dicho con certeza, eso no lo sabe nadie.

Para imaginar futuros utópicos después del declive de la democracia liberal, no hay ningún motivo. Para imaginar futuros distópicos, sobran. No solo porque la diferencia central entre las utopías y las distopías reside en el hecho de que las primeras son optimistas y las segundas no, sino en el hecho muy documentado de que las primeras nunca se han cumplido y las segundas, sí.

¿Podría por ejemplo alguien imaginar en los años treinta en la Alemania liberal, rebosante de arte, cultura, música, tan deliciosamente decadente, que diez años después iba a tener lugar el más horroroso crimen colectivo vivido por la humanidad, en el marco de una guerra mundial que dejaría el legado de millones de muertos? Pocos tuvieron la intuición imaginativa de un Thomas Mann quien en su novela, Mario y el Hipnotizador (1929) viera los groseros rasgos del nazismo antes de que estos aparecieran nítidos sobre la superficie. Y sin embargo, todas las huellas que llevaron al Holocausto y a la Guerra Mundial ya estaban marcadas en la Alemania de Weimar, la misma del Cabaret (sin Liza Minelli): la crisis económica, la violencia callejera, los mensajes mesiánicos, el racismo y el antisemitismo, el odio a la libertad, el miedo a la Rusia estalinista, el militarismo, solo por nombrar algunos. Esos elementos estaban dados, ahora lo sabemos, pero estaban separados, es decir, no articulados entre sí. Del mismo modo -y eso produce cierta alarma- muchas realidades que pueden llevar al fin de la llamada democracia liberal ya han cristalizado y algunas de ellas, ya están políticamente articuladas.

¿Qué entendemos por democracia liberal? No está de más recordarlo antes de que pase al olvidoNos referimos a un orden político que permite la libertad de pensamiento, opinión y asociación, en el marco de un estado de derecho que garantiza la división de los tres poderes clásicos, a las instituciones que los consagran y cuyo personal gubernamental es renovable a través de elecciones libres y soberanas surgidas de una pluralidad de partidos competitivos entre sí. Karl Popper la llamó “sociedad abierta”.

¿Por quiénes está cuestionado ese orden? Muy simple: por los enemigos de la sociedad abierta. Movimientos nacional-populistas de nuestro tiempo, legítimos herederos del fascismo del siglo XX, avanzan hacia el poder en diferentes países del mundo occidental, apoyados por regímenes antidemocráticos cuyo centro político es Rusia y cuyo centro económico es China. Sin embargo, ahí no reside el origen del problema. Ese es más bien un síndrome.

El aparecimiento de un síndrome tiene orígenes que el mismo síndrome revela. En una primera capa ya vemos que el nacional-populismo en todos sus formatos obedece a una crisis de representación, a una en donde los partidos políticos hegemónicos en el espacio occidental son hoy mucho menos representativos que en el pasado reciente. Como hemos reiterado en otras ocasiones, la triada política tradicional de la democracia liberal, formada por partidos de orientación conservadora, liberal y socialista, ya no cubre todo el espacio social que abarcó tiempos atrás.

Una segunda capa analizable nos muestra que la no representación política de lo social tiene que ver con cambios radicales habidos en las relaciones de producción económica. Nos referimos al tránsito que se da entre la llamada sociedad industrial y la sociedad digital. Después del “adios al proletariado” de André Gorz, muchos lo han dicho: los antiguos trabajadores industriales, el proletariado de Marx, se encuentra, si no en vías de extinción, remitido a un lugar subalterno con respecto a nuevos tipos y formas de trabajo. Hay un notorio desfase entre la formación social que está naciendo y la formación política que solo en parte lo representa. Esta es la señal más notoria de una crisis de representación política. Un fenómeno que, se quiera o no, trae consigo el deterioro de las culturas políticas que predominaban en la modernidad.

La ruptura del hilo que unía a los sectores sociales con sus representaciones políticas es ya demasiado visible. Los partidos, en su gran mayoría, representan a clientes pero no a sectores sociales claramente definidos. La desconexión entre sociedad, economía y política, es cada vez más evidente. Gran parte de la ciudadanía – no solo en los países post-industriales- siente que la política, en su forma existente y real, ya no los representa. Y, desgraciadamente, tiene razón.

Estamos asistiendo a rápidos procesos de descolocación de los centros productivos, hoy repartidos en el inmenso espacio global. Como decía un dirigente sindical alemán, “ya nadie sabe para quién trabaja, los dineros no van solo a parar en los bolsillos del antiguo empresario que combatíamos, convertido hoy en un mero intermediario, sino en un circuito financiero global cuyos ritmos de reproducción virtual nos son absolutamente desconocidos”. Ya ni siquiera podemos hablar de la alienación del trabajo por el capital de acuerdo a la ex-terminología socialista, sino de la alienación del capital por un supercapital reproducido en una galaxia mundial a la que nadie tiene acceso.

Los trabajadores que con sus luchas dieron origen a sus partidos socialistas y sociales, son hoy piezas de museo. Hoy viven incomunicados entre sí. De hecho han llegado a ser -para emplear la terminología hegeliana de Marx- una clase en sí pero no una clase para sí, o sea una clase sin conciencia de clase, que es lo mismo que decir, “una no- clase”. Debajo de esa cada más delgada capa laboral, ha aparecido un sub-proletariado incuantificable, multinacional, muchas veces ilegal, pero generador de cientos de oficios transitorios. Y más abajo aún, un Lumpenproletariat, pero esta vez sin Proletariat.

¿A cuál clase social pertenecen los miles de trabajadores que realizan jobs circunstanciales en una home-office? Qué lejos se ven hoy los tiempos en que después de la jornada diaria, los trabajadores reunidos en sus cantinas, compartían problemas personales, hablaban del presente y del futuro y, por supuesto, como dice el tango Carloncho de Mario Clavell, conversaban sobre “minas, burros, fútbol y de la cuestión social”. Si esos trabajadores todavía existen, son miembros de multitudes, pero no de grupos sociológicamente definidos. Por cierto, a veces logran conectarse entre sí y realizan actos de protestas. Pero esas solo adquieren la forma de “estallidos sociales”, al estilo francés o chileno, pero sin continuidad en el espacio y en el tiempo.

Las clases no han desaparecido, eso está claro. Pero han sido subsumidas en las masas y estas, sin partidos ni organizaciones, suelen actuar como hordas o, como ya lo hemos visto no solo en los EE UU. de Trump, como turbas. Ellas son y serán, lo estamos viendo a diario, la carne de cañón de los líderes y partidos nacional-populistas. La sociedad post-moderna no ha sido desclasada pero sí – la diferencia no es banal- desclasificada. Hecho que no tarda en repercutir en las biografías, marcadas cada día más, por un sentimiento colectivo de no-pertenencia, ni social ni cultural.

Pero el humano, gregario al fin, quiere ser algo y alguien en un espacio determinado por un nosotros identitario. El problema es que la oferta de identidades colectivas que ofrece el mercado social es muy inferior a su demanda

¿Quién soy yo? La respuesta en el pasado era segura: soy un empresario, soy un trabajador, soy un profesional. Todavía hay algunos privilegiados que pueden dar respuesta afirmativa a esa pregunta socio-ontológica. Pero cada vez son menos. Y cada vez son más los que no pueden definir su identidad en términos laborales o sociales. El “yo soy”, esa es la conclusión, está dejando de ser una referencia social. Bajo esa condición, el ser, para ser, busca otras referencias, y estas solo pueden ser encontradas en identidades ya no sociales sino a-sociales, e incluso anti-sociales, y por lo mismo, anti-políticas.

Para usar una terminología en boga, el tema de la identidad del ser ha sido rebajado a sus instancias más primarias, ahí donde habitan identidades que al no ser adquiridas tampoco son intercambiables entre sí. Identidades definidas por un “yo soy” pre-social y pre-político: un ser biológico, nacional, étnico, cultural.

Para usar los términos de Paul Ricoeur (Sí mismo como el Otro) asistimos al avance de una identidad sin ipseidad. O dicho más simple, a una identidad determinada no por lo que he llegado a ser sino por lo que yo soy por nacimiento: negro, blanco, indio, hombre, mujer, latino, y, sobre todo, miembro de una comunidad imaginaria llamada nación. El ser social ha sido desplazado por el ser nacional. Y si miramos el pésimo ejemplo que dan los catalanistas, por un ser regional.

El grave problema es que las identidades primarias no son intercambiables entre sí. Los negros que se levantan en los barrios marginales de Europa y de los EE UU nunca van a dejar de ser negros ni los blancos que siguen a Trump en contra de los no-blancos, nunca van a dejar de ser blancos. Y al no ser intercambiables, esas identidades yacen fuera de toda deliberación, de toda discusión o debate. Nadie podrá jamás convencer al otro de que su identidad primaria es falsa. Pues las luchas identitarias, a diferencias de las sociales y políticas, no son argumentativas, ni siquiera ideológicas. Bajo su primado, la lucha de los discursos termina por convertirse en lucha de cuerpos que, desprovistos de argumentos e ideas, se encuentran mucho más cerca de la guerra que de la política.

Los nacional-populistas y sus fanáticos líderes son hoy los portadores de futuras y cruentas guerras identitarias. Eso quiere decir que mientras la sociedad no logre ordenar sus estructuras, o mientras no reaparezcan nuevas identidades sociales y políticas, los nacional-populistas, con sus retóricas de derecha e izquierda, o de ambas a la vez, continuaran avanzando y la llamada democracia liberal continuará declinando.

Pero hay que insistir: lo que presenciamos no es el fin definitivo de la democracia liberal. En Rusia, Bielorrusia, Turquía, Irán, Cuba, y varios otros países, hay quienes luchan orientados por principios democráticos heredados de, y propios a la, democracia liberal. Pero seríamos ciegos si no advirtiéramos que en muchas otras naciones, precisamente las que fueron guías políticas del orden democrático liberal, las fuerzas democráticas se encuentran a la defensiva.

Sin intentar pronósticos, ni mucho menos construir distopías, solo podemos afirmar por el momento que en las confrontaciones que vienen, la democracia-liberal, la que cocemos o conocimos, no saldrá ilesa. O en otra palabras: la llamada democracia liberal, si es que subsiste, no será la misma de antes. Es mejor decirlo ahora que después.

Puede suceder incluso que la democracia del futuro sea, si no más liberal, más democrática. Lo que no siempre es bueno. La voz del pueblo no es la voz de Dios solo porque viene del pueblo. No pocas veces ha sido la voz del Diablo.

 

Rodrigo Cabezas Morales - EL SONIDO DEL SILENCIO DE LAS VÍCTIMAS O LA COARTADA ANTIMPERIALISTA DE LOS VICTIMARIOS

 



¡Pido la palabra a la izquierda democrática del mundo! 

VENEZUELA: EL SONIDO DEL SILENCIO DE LAS VÍCTIMAS O LA COARTADA  ANTIMPERIALISTA DE LOS VICTIMARIOS. 

Escribo este texto desde Venezuela, donde nací, vivo y trabajo en La Universidad del Zulia.  Su destinatario es la izquierda que cultiva y ejercita los valores y principios democráticos.  Lo hago en serena disidencia, desde la ciencia, la ética, el humanismo y la libertad, en  contra del fraude político que ejecutan los actuales dirigentes de la revolución bolivariana.  

1. IGNORANCIA, DOGMATISMO Y CORRUPCIÓN. 

Mi patria amada está sumergida en un drama humano que ha socavado los derechos más  elementales de la vida en dignidad. En 100 años no conocimos tal nivel de devastación de  lo económico-social, así como el eclipse de nuestra democracia y libertad. Ha sido  vulnerado el acceso pleno de nuestra población a los alimentos, la salud, la educación, el  salario justo, la cultura y el derecho político a elegir gobernantes sin ser perseguidos por  pensar diferente. 

La principal causa que lo explica es el profundo desprecio de la autocracia gobernante por  la ciencia económica, lo profesional y lo técnico. Siete años han transcurrido sin un  especialista del área en la conducción del gabinete económico ministerial y del Banco  Central. La industria petrolera, las empresas básicas de Guayana, la petroquímica y el  sistema eléctrico nacional han tenido a militares totalmente inexpertos al frente de ellas.  En los últimos cuatro años no se conoce la Ley de Presupuesto y de Endeudamiento de la  República, esto raya en lo insólito. 

En el año 2014 la economía venezolana requería con urgencia, por caída de los precios del  petróleo, un programa de estabilización macroeconómica, una reestructuración y  refinanciamiento de la deuda externa y unos nuevos arreglos jurídicos petroleros. Nada se  hizo, no sabían que no sabían. Desde el dogma fútil y la ignorancia exponencial,  procedieron a descalificar por supuestos neoliberales a quienes lo advertimos, cómo fue  mi caso en diciembre de 2015.  

El Banco Central fue obligado a producir un tsunami en emisión de dinero de la nada, que  nos ha hundido en la hiperinflación destructora de salarios, inversión y gasto público, y  ésta ha sido la ruinosa opción de financiar un déficit público. El gobierno -bajo el régimen  de control cambiario- mantuvo un precio del dólar exageradamente barato afectando la  rentabilidad del negocio petrolero y la recaudación tributaria interna, convirtiendo la  asignación de divisas en fuente de una corrupción grotesca e impresionante.  

Las consecuencias no se hicieron esperar: desde 2014 al presente tenemos la recesión  más profunda y prolongada de nuestra historia, hiperinflación desde finales de 2017, el  impago de deuda externa y aislamiento del mercado financiero global y multilateral desde  2017, el derrumbe de nuestra industria petrolera desde 2015, pobreza a niveles de 65% 

de la población, migración forzada de más de 5 millones de compatriotas desde 2016, y  desnutrición y hambre en sectores vulnerables.  

El discurso oficial al comienzo de la recesión, hace siete años, justificó tal desastre en la  “guerra económica”; posteriormente, con las sanciones impuestas por los  norteamericanos, con impacto desde 2018, se mudaron a esta excusa. La verdad es que  estas últimas profundizaron la crisis pero no la originaron. El 80% de los venezolanos no  cree esa narrativa. 

Para ser verdadera, a una revolución le está negada equivocarse en lo ético-moral. Al  momento de escribir estas líneas, se informa que fiscales suizos identifican 100 cuentas  bancarias en 30 bancos de ese país por 10.1 millardos de dólares provenientes de fondos  públicos venezolanos. La corrupción hizo metástasis, fue de paraíso fiscal a paraíso fiscal:  Andorra, Belice, Dominica, Suiza, Barbados, Luxemburgo.  

Una nueva élite política enriquecida, que no pasa la prueba de la honestidad y de la  modestia de vida, está a salvo porque el poder judicial es parte de la degradación moral y  sustenta el fortalecimiento de la impunidad descarada: el poder judicial perdió su  imparcialidad, probidad e idoneidad. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de mi país es  una simple sucursal del Poder Ejecutivo. El mejor ejemplo de ello es que somos el único  país de América Latina donde se prohibió averiguar y sancionar a los altos funcionarios  públicos señalados en el caso de los sobornos y pago de coimas por la constructora  brasileña Odebrecht. Venezuela vive una catástrofe ética. Esto no es ninguna revolución.  

El capitalismo venezolano es ahora más desigual, inequitativo, improductivo y corrupto. 

2. POBREZA, DESIGUALDAD Y MIGRANTES. 

Los avances logrados para reducir la pobreza y la desigualdad entre 2004 y 2012 en el  gobierno del Presidente Hugo Chávez ya no existen. Según la Encuesta Nacional de  Condiciones de Vida, ENCOVI, 2019-2020, realizada por la Universidad Católica Andrés  Bello, UCAB, la línea de pobreza multidimensional está ubicada en un 65%. Es decir, más  de 11 millones de venezolanos están en pobreza crónica, esto es el 41% de la población;  es el nivel de Nigeria, Chad, Congo, Zimbabue, Yemen, Haití y Sudán. 

Como consecuencia, el 79.3% de los compatriotas no tienen cómo cubrir la canasta de  alimentos, el ingreso promedio diario es de 0,72 centavos de dólar. El salario real ha caído  en 7 años consecutivamente, siendo menor que el de Cuba y Haití. La desnutrición y el  hambre están infaustamente presentes. El consumo nacional promedio de proteínas es el  34.3% del requerido. Lo más inhumano y doloroso es que en el diagnóstico nutricional de  los niños menores de 5 años de mi patria, 639 mil de ellos tienen desnutrición crónica,  cada uno de tres tiene talla baja. Después de Guatemala, somos el segundo peor país de  América Latina y el Caribe en esta estadística inhumana. 

Un gobierno que liquidaba las oportunidades de una vida digna originó, por primera vez  en nuestra historia, una migración forzada de carácter masivo. Cinco millones de los 

nuestros han marchado a tierras extrañas en busca de trabajo, el 50% de la diáspora son  jóvenes entre 15 y 29 años de edad, el 34%, que equivale aproximadamente a un millón  setecientos mil, son profesionales universitarios y técnicos; es decir, recurso humano  educado, que ayuda hoy a otras naciones. 

La migración es sufrimiento, angustia, estrés, tristeza, miedo, desesperanza. Los  gobernantes no la reconocen y se burlan cínicamente de ella. Hasta 2020, según ENCOVI,  un millón seiscientos dieciséis mil hogares venezolanos vieron partir un familiar como  mínimo, el 70% de ellos hijos, dos míos entre ellos. Esta distancia duele en el alma y a los  enriquecidos gobernantes de la revolución les es indiferente. 

3. ALIANZA CIVICO-MILITAR-POLICIAL: VIOLACIÓN FLAGRANTE DE LOS DDHH. 

La amplia mayoría popular que derrotó en las elecciones parlamentarias 2015 al Partido  Socialista de Venezuela provocó la deriva autocrática de la revolución bolivariana. Para  cumplir la decisión cupular de quedarse en el poder como fuera y a costa de lo que fuera,  convirtió a ese proyecto político en intolerante con las ideas distintas e incapaz de aceptar  democráticamente la soberanía popular que les abandonó.  

La única manera de usurpar el poder era eliminando el estado de derecho; el totalitarismo  puso a sus pies al poder judicial y electoral, a las fuerzas armadas y a la policía política  para amenazar, perseguir, hostigar, detener y torturar al liderazgo social y político que les  adversaba para así permitirse elecciones absolutamente fraudulentas. El parlamento  elegido por el pueblo fue cercado inconstitucionalmente, sus diputados acusados, muchos  de ellos hechos prisioneros y en el exilio. Los principales partidos políticos de la oposición  fueron secuestrados en sus directivas por la subordinada Sala Constitucional del Tribunal  Supremo de Justicia. 

Sin ningún escrúpulo o sonrojo, y quizás creyendo que concebían algún aporte a la teoría  política revolucionaria, anunciaron públicamente que se superaba el enunciado  estratégico chavista de la alianza cívico-militar por el de una nueva alianza cívico-militar policial. Lo peor estaba por venir y llegó. Nuestra convivencia democrática entró en una  de sus más largas tenebrosidades. 

Es así como la misión internacional independiente de determinación de los hechos de la  Naciones Unidas verificó que en Venezuela el gobierno cometió violaciones flagrantes de  los DDHH de manera generalizada y sistemática, ejecuciones arbitrarias y tortura, que  constituyen crímenes de lesa humanidad. 

El informe de la ONU es desgarrador desde lo humano. Cientos de víctimas han sido  sometidas al terror del estado. Lista larga de la ignominia disfrazada de socialismo:  detenciones arbitrarias, desapariciones forzosas, burlas al debido proceso y derecho a la  defensa, tortura, trato cruel, inhumano, degradante y humillante, actos de violación y  amenazas sexuales. 

En él se detallan las técnicas de tortura utilizadas por los órganos represores y los esbirros  torturadores: posiciones de estrés, asfixia con bolsas de plástico, golpes, descargas  eléctricas, simulacro de ejecución, encadenamientos, disparos cerca de los oídos,  incomunicación por días y meses, iluminación constante y frio extremo, desnudez forzada.  En fin, prácticas infamantes de tortura física y psicológica. 

El desborde en la violación de los DDHH ha sido de tal magnitud, que el Ministro de  Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, el 7 de junio de 2017 hizo una arenga  pública televisada en una asamblea de oficiales al decir “No quiero ver un guardia  nacional cometiendo una atrocidad más en la calle”. Nunca se supo quién dio la orden de  cometer tales atrocidades. Más de 120 jóvenes fueron asesinados en esas protestas. 

El ex Alcalde del municipio Cabimas del Estado Zulia, Félix Bracho, por firmar junto  conmigo un documento público pidiendo un referéndum consultivo en 2019, fue  arrestado arbitrariamente, maltratado y humillado por un Comandante de la Guardia  Nacional de apellido Camacaro. Una madrugada los carceleros entraron a su celda,  lanzándolo al piso le pusieron una capucha negra y apuntaron un fusil en su cabeza  haciendo un simulacro de ejecución.  

Por otra parte, el Capitán de Corbeta Rafael Acosta Arévalo, el 20 de junio del 2019, fue  presentado moribundo al Tribunal Militar de la causa, horas después falleció, lo habían  torturado brutal y salvajemente hasta la muerte.  

El líder indígena Pemón Salvador Franco, preso político, pierde su vida en la cárcel Rodeo  II, este 3 de enero de 2021. La autopsia indica edema cerebral, shock séptico, tuberculosis  y desnutrición; le negaron la atención médica.  

Rubén González, líder de los trabajadores de la Ferrominera del Orinoco fue encarcelado  en 2009 por tribunales militares y civiles durante tres años y tres meses por defender los  derechos laborales de sus hermanos de clase.  

La ONG de DDHH PROVEA informó recientemente que monitoreó e identificó que 72  personas han sido asesinadas por policías o militares como consecuencia de la tortura  durante el gobierno de Nicolás Maduro.  

Escribiendo estas líneas nos enteramos de la detención de 5 integrantes de la ONG sin  fines de lucro Azul Positivo, quienes llevan varios años trabajando en la prevención del  VIH. Así mismo, de las amenazas de juicio penal dirigidas al Presidente de PROVEA Rafael  Uzcategui.  

Al comenzar el 2021 la ONG Foro Penal contabiliza 353 presos políticos en Venezuela, 230  civiles y 123 militares. El miedo, el terror, la tortura y la cárcel son cimientos de un estado capturado por una élite antidemocrática. 

Ocurre que como la barbarie siempre es vencida a lo largo de la historia, la batalla que nos  permita terminar con la impunidad, encontrar la verdad, hacer justicia a las víctimas  concediéndoles reparaciones por el sufrimiento infringido y rehabilitándolos en su 

dignidad mancillada, es un desafío al que la sociedad humana venezolana no puede  renunciar.  

Nadie que haya asumido el ideal socialista democrático, puede avalar, ser indiferente,  guardar silencio o atreverse a justificar el sufrimiento humano que origina una política de  terror de estado. 

4. EL SOCIALISMO ES LIBERTAD. EL ANTIIMPERIALISMO COMO COARTADA. 

La revolución bolivariana dio esperanzas de emancipación social que logró reunir una  mayoría popular en torno a Hugo Chávez. Esta no fue consecuente con lo ofrecido en 2006  para avanzar hacia el socialismo del siglo XXI, sin ser una repetición de la experiencia  criminal del estalinismo soviético. 

El compromiso de su carácter democrático se perdió debido a su desviación autocrática y  totalitaria que liquidó el estado de derecho. Se disipó por el liderazgo militar que  subordinaba lo civil, por el sistema de control social de los más pobres, al colapso ético de  su vanguardia, y por ser un partido político eunuco y antidemocrático. Y, entre otra razón más, se perdió debido a la visión estatista que se enfrentó a la inversión privada. 

El proyecto socialista, al no ser consecuente con los principios y valores de la democracia,  arriba a autocracias o dictaduras que cercenan la libertad. Es una experiencia histórica  trágica. La libertad no es una mera consigna retórica o demagogia de ocasión de  filibusteros políticos, es un valor esencial de cualquier transformación de la sociedad  humana; es liberación, insurgencia, emancipación, respecto de formas de poder en lo  político, económico y cultural. Es el derecho a expresarse sin temor alguno desde la  diversidad humana. Lo traicionan quienes desde la degradación ética, el dogma infecundo,  la justificación de la violación de los DDHH y el desprecio por la ciencia y la cultura, lo  convierten en un orden social opresivo que persigue y aniquila la libertad. ¿Por qué esta  élite condena a Venezuela a no tener periódicos impresos? ¿A una autocensura  humillante de los medios de comunicación e información? ¿Por qué no podemos acceder  a canales de TV como CNN y NTN24 y decenas de páginas web? 

Esto es lo ocurrido en Venezuela a profundidad en estos siete años. La otrora revolución  bolivariana la convirtieron en un gobierno que hace rehén a su propio pueblo a partir de la  coerción militar-policial-clientelar. Una nación no puede ser concebida como un botín de  guerra que se asalta a costa del sacrificio de millones de seres humanos. Eso no es  socialismo democrático, no es de izquierda, no es progresista, no es humanismo. 

De cierto, el proyecto del socialismo del siglo XXI en Venezuela fracasó aunque conserve el  poder fáctico. Fracasó porque una nación a pesar de sus víctimas y sufrimientos se opone  a la élite que la gobierna desde la usurpación y reclama un cambio político en democracia  que aquellos les niegan. Esto será inevitable, un pueblo no puede ser encarcelado para  siempre.

Fracasó porque ofreció a los venezolanos democracia protagónica y participativa y ha  terminado en una autocracia represiva que advierte formas totalitarias de control social y  político. Fracasó porque ofertó honestidad en la administración de los recursos públicos y  acabaron haciendo generalizada la corrupción, con una nueva oligarquía política que  realiza la transferencia de riqueza más grande de nuestra historia a instituciones  financieras en paraísos fiscales. Fracasó dado que prometió inclusión social e igualdad y el  resultado es pobreza que degrada lo humano en el hambre, la desnutrición, el desempleo  y la falta de oportunidades para ejercer derechos.  

Fracasó porque prometió una vida digna y terminó imponiendo un sistema de control  político denigrante con el carnet de la patria, las bolsas de comida y bonos paliativos.  Fracasó al ofrecer un gobierno “obrerista” y terminó arrebatando la libertad sindical,  pulverizando el salario real, eliminando la conquista de los contratos colectivos y las  prestaciones sociales, y encarcelando a los dirigentes valientes que reclaman los derechos  obreros. El fracaso en dolor mayor fue ofrecer una patria para todos y, por sus acciones,  terminan negándosela a más 5 millones de sus hijos que escapan a otras tierras para  encontrar el horizonte que en su país extraviaron. 

A la autocracia que gobierna sobre el pueblo venezolano solo les queda una coartada para  intentar justificarse. Recurren a ella con delirante fanatismo. Creen que con ello no tienen  que rendir cuenta de la tragedia, dolor y sufrimiento que han causado a millones de  venezolanos. Así, el antiimperialismo se convierte en la retórica de turno que intenta  expiar sus responsabilidades en la devastación de la república. El intelectual Pablo  Stefanoni al realizar una reflexión respecto de Venezuela expresó una idea que hago mía:  “Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipadora para asumir una  dimensión justificativa e incluso celebratoria de diversos regímenes supuestamente  enemigos del imperialismo”. 

Me he preguntado por qué países sancionados o bloqueados económicamente como  Cuba, Irán y Corea del Norte no han tenido hiperinflación o desnutrición infantil. Me he  preguntado porque Irán sigue en su nivel promedio de producción de crudo y gasolina y su  sector privado no petrolero exportó más de 18 mil millones de dólares en bienes y  servicios en 2020.  

No hay excusa para ocultar que la más espantosa crisis macroeconómica y humanitaria de  Venezuela comienza en 2014, bajo plena responsabilidad del gobierno de Nicolás Maduro.  Las sanciones llegaron cuatro años más tarde. El respetado intelectual estadounidense  Noam Chomsky contextualiza ese tipo de discurso, cuando afirma: “Es un  comportamiento típico de los autócratas y los dictadores. Cuando cometen errores  garrafales…, encuentran alguien más a quien echarle la culpa”. En Venezuela, el  discurso antiimperialista es una coartada de los victimarios. 

La izquierda democrática y progresista de nuestro planeta, la antifascista de Europa, Asia,  Centro América, el Caribe y Sur América, la anticolonial de África, la liberal de EEUU y  Canadá, tienen una oportunidad de acompañar a las víctimas que esperan justicia en 

Venezuela. No hay razón alguna que justifique darle solidaridad automática a una  autocracia política que terminó siendo, como proyecto socialista, un descomunal fraude.  

Venezuela, 12 de febrero de 2021.