Hemos sido creados para una misión
Una a una las flechas se clavaron en su carne, y una a una Stanley Albert Dale las sacó y rompió el astil de caña de cada una sobre su rodilla. La sangre fluía desde muchas heridas y hacia la orilla del río. Los guerreros yalis gritaban temerosos de que el hombre blanco, o duong, fuera inmortal.
Ya los yalis habían tratado de matar a Dale en otra aldea. Sentían temor por su mensaje, pues sus seguidores quemaron sus ídolos tradicionales y los lugares de adoración de espíritus. También le dispararon a Dale, pero el duong se fue caminando y sano por completo.
Dale llegó a las montañas de Irian Jaya (Indonesia hoy en día) en los años de 1960 para predicar el amor de Dios. Ahora, enfrentándose a cientos de estridentes guerreros yalis, se quitaba las flechas de su cuerpo con la misma rapidez que penetraban en su piel. A esos yalis ya se les había advertido que el Espíritu dentro de él era muy poderoso. Al final, cayeron Dale y el otro misionero. Más de sesenta flechas rotas se amontonaban a los pies de Dale. Los guerreros entonces desmembraron su cuerpo por temor a que resucitara de nuevo.
Los yalis pensaban que ese sería al final del mensaje del evangelio en su valle, pero no fue así. Otros cristianos llegaron y mucho de los mismos guerreros que dispararon sus flechas contra el cuerpo de Dale se convirtieron en creyentes. El duong que no moría ahora celebra a Jesús junto a sus propios asesinos conversos.
Aunque los yalis pensaron que el cuerpo terrenal de Dale era inmortal, en realidad su alma era la que moriría. Los misioneros que siguieron después de la muerte de Dale ayudaron a los yalis a comprender la eternidad y les hablaron de Dios. Piense por un momento en qué actividades, personas y cosas tomaron la mayor parte se du tiempo esta semana pasada. Sin duda, el sentido práctico de la vida nos lleva a lidiar con cosas que no son asuntos eternos en lo absoluto: pañales sucios, teléfonos sonando, tintorería y prácticas de fútbol. Sin embargo, la historia de Dale nos recuerda que debemos priorizar las cosas que importan para la eternidad. ¿Qué parte de su vida cotidiana tiene un significado eterno? Si no le dedica tiempo a esto, ¿quién lo hará?
No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tomado del libro Devoción Extrema
Traducido por Rafael B. Cruz
Editor Agenda de Dios: Olman Rímola

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