EL LUGAR DEL PADRE – Primera Parte
Cuando hablamos de embarazo y de nacimiento, estas palabras resuenan a mamá, a mujer y a bebé o a hijo, pero ¿Cuál es el lugar que ocupa el padre en esta circunstancia de vida? ¿Cuáles son sus responsabilidades? ¿Puede el padre construir un lugar de igualdad afectiva dentro de esta triada?
Para reflexionar y seguir construyendo el lugar del padre, les dejo una entrevista de Raymond Bela Iche a Frans Veldman que fue publicada en el libro “El acompañamiento afectivo haptonómico desde la concepción hasta la muerte, Haptonomía ciencia de la afectividad”, editado por la Fundación de Haptonomía de España, 2003.
Acerca de la paternidad en el contexto del acompañamiento afectivo haptonómico perinatal
Raymond Bela Iche: ¿Qué significa para usted «ser padre»?
Frans Veldman: En cierta manera, ya he respondido a esta cuestión. Puedo añadir ahora, hablando como «padre» en el sentido de pater familias -y no como «creador» de ciencia- los «deberes paternales» porque, para mí, ser «padre» es, ante todo, saber asumir los deberes y las responsabilidades inherentes a esta cualidad.
Por «deberes paternales», entiendo, entre otros deberes, la «misión» de respetar, desde todas las consideraciones, la «individualidad» y el «carácter propio» del niño dados en su «constelación significativa». El niño tiene el derecho incontestable de ser reconocido y consolidado en su singularidad, es decir, de descubrir y de revelar el Bien que representa o que puede alcanzar.
Esto implica que el padre debe hacer todo lo posible para hacer «autónomo» a su hijo ofreciéndole los estímulos adecuados. Estímulos y, sobre todo, incitaciones que soliciten el desarrollo de sus dones, talentos y facultades innatas.
La labor del padre, en este terreno, difiere esencialmente de la labor de la madre. La misión de la madre -por su naturaleza y por sus disposiciones constitucionales y naturales- es principalmente la de revelar y realizar la facultad específicamente femenina de establecer un home, una «casa propia», un hogar de seguridad, caluroso, pleno de amor tierno. Un verdadero «nido de amor», primero en su regazo y, tras el nacimiento, sobre su regazo, en sus brazos y contra su seno. Paralelamente, la misión del padre es la de permitirle al niño abrirse al mundo al que debe entrar, guiarlo en este mundo y hacerlo independiente, autónomo.
Estas misiones no son mutuamente contradictorias ni mucho menos.
Hay que valorar bien que una mujer es un ser humano privilegiado. Ella, y sólo ella, puede portar un bebé en su regazo, cerca de su corazón, en su «centro de afectividad». Este hecho exige una aproximación llena de respeto, de consideración, de estima y de atenciones. Es ella quien porta el secreto innato de la vida y del amor, innato como una intuición sagrada; lo que explica ese deseo fundamental interior que la incita o, a veces, incluso, la impulsa hacia sus fines. Y es este hecho, esta aspiración intuitiva a menudo inconsciente, la que en ocasiones la convierte en débil entre las manos del hombre.
Este hecho me ha llevado a concluir que en los contactos afectivo-táctiles de los actos de amor y de los impulsos eróticos es primordialmente el hombre quien asume la «responsabilidad» principal de la «concepción» de un niño. Es él -por la eyaculación de su esperma- el primer responsable de la fecundación.
La responsabilidad de la madre es de una naturaleza distinta de la del hombre porque, en el «momento supremo», no es ella la que en su naturaleza intuitiva, receptiva, al alcanzar la acmé de este encuentro de amor, puede intervenir o reaccionar para evitar la fecundación, suponiendo que ella lo desee. Si tuviera que estar atenta y vigilante para evitarlo, no podría verdaderamente vivir la delectación, el placer fundamental que le corresponde y le pertenece.
Justamente, la angustia de una fecundación no deseada es la que, con frecuencia, hace que muchas mujeres no alcancen este placer esencial; se provoca, así, ausencia de orgasmos, frigidez o aversión hacia todo contacto erótico.
En el «acto de amor» que implica la concepción, deseada o no, de un ser humano es donde se manifiesta la «responsabilidad» de un hombre y -digámoslo claramente- de un «padre». El verdadero amante -el verdadero padre- sabe asumir esta responsabilidad y aceptar las consecuencias.
¿Pero por qué hablar solamente de la «responsabilidad del padre» y no de la «responsabilidad compartida de los amantes»? ¿Engendrar un niño, un ser humano, es decir, crear la vida es, acaso, un acto tan negligente que no debemos tener en cuenta sus responsabilidades cuando nos encontramos en un acto de amor que, ante todo, debe ser un acto de confirmación afectiva del ser querido?
Para mí -y sobre todo en el cuadro de la ciencia de la afectividad que es la Haptonomía-, la «responsabilidad del padre» comienza con la «concepción» de un niño, de su niño, y ningún hombre tiene el derecho de sustraerse o de intentar escapar a esta responsabilidad.
R. B. I.: ¿Mediante qué proceso uno se convierte en padre?
F. V.: Ya he dado elementos de respuesta en lo que precede.
«Racional, biológica y moralmente se llega a ser padre mediante el acto de la fecundación con el que se inicia la concepción de un ser humano».
Por ello, este acto debe ser cuidadosamente tomado en consideración; se deben contemplar todas las implicaciones y responsabilidades, y no debe ser cumplimentado más que tras una madura reflexión.
Tal respuesta exige una observación matizada para evitar todo malentendido. Debe quedar claro que distingo explícita e implícitamente el «acto de amor de la concepción» de un ser humano de «los actos de amor» que son inherentes a las interacciones eróticas. Interacciones que juegan un papel esencial en la felicidad de amarse, que se expresan mediante el deseo fundamental de vivir juntos la «delectación» (el placer vital intrínseco que lleva aparejado un gozo óptimo) que acompaña al cumplimiento de un deseo vital. El placer y el gozo son el apogeo de todo verdadero encuentro de amor. Es, precisamente, la aspiración a la delectación -la activación y la actualización de los deseos de los dos amantes en buena armonía, unidad y unanimidad- lo que revela y hace vivir en reciprocidad el Bien que representa y que significa el uno para el otro.
El acto de amor de la concepción de un ser humano debería -por su propia naturaleza- ser un acto en contexto del Eros. Cuando dos amantes sinceros -«padres antes del acto procreador»- lo consideran conscientemente en su reencuentro de amor, crean el porvenir de «su» hijo. Cuando sus deseos del alma -y el amor que los une- los llevan a concebir «a sabiendas», la confirmación afectiva de su hijo toma su razón de ser en el mismo acto de creación.
No se puede negar que, desde la fusión de los gametos, el individuo en gestación está caracterizado por su «constelación significativa» que engloba la totalidad de sus factores genéticos, la historia de su ascendencia, las propiedades ancladas en su genoma, la especificidad de sus talentos, dones y facultades; en resumen: su naturaleza única, que lo distingue de cualquier otro individuo.
La vida interior del alma humana, encarnada en la vida corporal, comienza ciertamente en el momento de la concepción, de la fusión de los gametos, desde que la unidad de las primeras células vitales se ha formado.
Aunque los dos padres juntos sean responsables del niño que crean, es el padre, sobre todo y primordialmente, quien debe ser consciente de su responsabilidad. él es -en primera instancia- el que debe garantizar la «viabilidad» de su hijo, en el verdadero sentido de la palabra, y crear las circunstancias para que la madre pueda consagrarse completa y exclusivamente a su deber que no es otro que el de guiar y acompañar al niño en un ambiente de seguridad, de ternura, de calor, de solicitud y de consolidación existencial; en resumen, en un ambiente «afectivo-confirmante de amor» que proporcione al niño vivencias que le aseguren, en el «sentir», vivirse como Bueno-en-sí, en un bienestar que conforma el fundamento sólido para una vida autónoma y en total autenticidad-de-sí.


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