EL LUGAR DEL PADRE- Segunda Parte
R. B. I.: ¿Cómo puede la Haptonomía ayudar a ser padre antes del nacimiento y en el nacimiento?
F. V.: Un hombre llega a ser «padre» desde el mismo momento en que puede asumir su responsabilidad frente al niño que ha creado con la eyaculación de su esperma en el seno de la mujer. Igualmente, una mujer que esté al corriente de su período de fecundación y de receptividad se hace «madre» desde el momento en que ella abre su regazo para recibir y aspirar el esperma que va a fecundar su óvulo maduro, que está a la espera.
Es, entonces, en ese «acto-de-amor-de-concepción» cuando comienza la «responsabilidad parental», puesto que la decisión «consciente» de crear un niño implica que la mujer asume su responsabilidad de ser madre y que el padre asume su responsabilidad de acompañar, de socorrer y de asistir a la (su) mujer de forma tal que ella pueda consagrarse -sobre todo en las primeras fases de la vida y durante la primera infancia- enteramente a su «deber» maternal.
Es una idea totalmente falsa que se tenga un derecho incontestable a un niño: el derecho de tener un niño, el derecho de ser madre o padre.
No existe más que un derecho fundamental, incontestable e innegable; se trata del «derecho del niño a ser concebido a sabiendas» en un ambiente de amor afectivo-confirmante que le proporcione todas las posibilidades para expandirse con sus dones, talentos y facultades, y para establecer un «estado fundamental de seguridad», que va parejo a un «sentimiento de completitud» que lo hace autónomo en total autenticidad.
Sólo los padres que pueden asumir su responsabilidad, respetar este derecho fundamental y garantizar su disponibilidad en un ambiente afectivo-confirmante durante las fases cruciales y esenciales del crecimiento y de la maduración de su hijo podrían decir: «Nuestro deseo vital de acompañar a un niño -"nuestro hijo"- y de ayudarlo a expandir su propia autenticidad; el hecho de estar enteramente disponibles y responsables para guiar y acompañar a nuestro hijo en camino (¡que no es el nuestro!) nos dan un cierto derecho de devenir en "madre y padre", y de serlo».
«Ser padres» es precisamente eso, y es el padre el que debe crear el ambiente, las condiciones y las posibilidades para que la mujer pueda ser «madre» en todos los sentidos, significaciones y dimensiones de la palabra. Estando «al lado de la madre», codo a codo, socorriéndola y dándole seguridad de forma incesante, el hombre se revela «padre» en un equilibrio tal en el que no hay sumisión del uno al otro ni autoridad dominante.
Por lo mismo, el tirano doméstico, el déspota, no es nunca «padre» en el verdadero sentido del término. El buen -el verdadero- padre, el pater familias, es el guía y el acompañante que les abre a sus hijos camino de vida, ayudándolos y -si es necesario- protegiéndolos, haciéndolos autónomos, apelando a sus dones, talentos, aptitudes y posibilidades -sus responsabilidades- mediante un reto que los invita a expandirse.
No es solamente el creador de esta vida que nace en el seno de la madre, sino que también es, al mismo tiempo -y esto es lo más importante-, el creador de este ambiente de amor -este biotipo vital- en el que tanto la madre como el niño pueden complacerse, «crecer» y desarrollarse. Ése es, exactamente, el origen de la palabra pater: ser al mismo tiempo el «creador» y el «protector» de la vida que hemos ayudado a surgir y a germinar; lo que implica el deber de crear las circunstancias que garanticen la optimización del desarrollo de esta vida en todas sus dimensiones.
Juntos, el padre y la madre, son los «padres». Los que poriunt (ponen en el mundo, engendran), los que se ponen en la base de una nueva generación. El nacimiento -el partus, el punto de partida- es la conclusión de su acto de amor que ha llevado a la concepción, a la creación de este niño. Este fin arduamente esperado es, sin embargo, el punto de partida de su deber parental: guiar y acompañar a su hijo hacia una vida autónoma.
Por ello, el «padre» debería, en la medida de lo posible, estar presente y asistir afectivamente al nacimiento dentro de un papel activo, en el que acompañe a la madre y al hijo en la hora de su entrada en el mundo -que es su hora-; entrada que el niño escoge por sí mismo, bien guiado y asistido por el amor de sus padres. El lugar del padre, en este momento, estaría al lado de su mujer, a la que ayudaría y sostendría con toda su presencia y su ternura. De esta forma, el nacimiento se convierte en un verdadero acto de amor que culmina el acto de amor de la concepción.
La presencia del padre en el nacimiento supone esta asistencia afectiva. Un padre que no sepa vivir esta asistencia puede ser un aguafiestas cuya presencia podría perturbar en vez de ayudar. Por este motivo, la presencia del padre no debe ser exigida u obligada; al contrario, si éste es el caso, es mejor renunciar a su presencia.
R. B. I.: ¿Cómo puede uno sentirse padre mediante el tacto? ¿Cómo puede un padre ser «contactante»?
F. V.: [Veldman explica el trabajo haptonómico durante la gestación con los padres y agrega] ...trabajamos preparando a la madre y al padre para sus tareas activas de guía y de acompañamiento afectivos durante las horas en las que el niño franquea su camino hacia el mundo.
En el curso de estas horas, es preciso que los padres conjuntamente, habiendo preparado su papel en buena coordinación y cooperación, encuentren el ambiente adecuado y bien adaptado para el fin que es: hacer nacer a su hijo como un acto de amor.
En tales circunstancias, es preciso que toda asistencia médico-técnica se sitúe en segundo plano de tal forma que no pueda turbar, a causa de intervenciones indiscretas o inútiles, el ambiente afectivo de amor.
Para que todo resulte normal, sería preferible, por lo tanto, que el padre estuviera presente desde el inicio de las primeras contracciones para asistir a su mujer y vivir el nacimiento de su hijo juntos, en un ambiente de amor y de felicidad. Su presencia le dará a la madre la seguridad de que no está sola, abandonada; le permitirá sentirse y saberse sostenida por el amor del padre, de quien ella tiene la mayor de las necesidades durante estas horas supremas.
Una obstetricia moderna -digna de ser llamada «humana» y bien adaptada a las últimas concepciones y conocimientos en el terreno de la vida afectiva humana- tendrá en cuenta estas necesidades y sabrá respetar las condiciones aquí descriptas.
La Haptonomía enfoca la preparación de los padres para sus tareas y les enseña a desarrollar sus facultades innatas.
Lo que precede permite comprender que pueden sentirse padre y madre mediante el desarrollo adecuado de «sus facultades psicotáctiles» en las que la «ternura» juega un papel dominante. Es preciso que el padre aprenda a distinguir el «tacto» de los «contactos psicotáctiles afectivo-confirmantes haptonómicos» y comprenda que la caricia implica y provoca algo diferente de la «ternura».
El padre que ha sabido desarrollar sus facultades haptonómicas de contactos táctiles (¡que nada tienen que ver con el tocar!)se vuelve -por la naturaleza de este contacto afectivo-confirmante- «tocante» en el sentido emotivo, es decir, entra en contacto con la vida interior, con la vida íntima -el «alma»- tanto de su mujer como de su(s) hijo(s); lo que implica que se instaura un estar-juntos que tiene la cualidad de un consensus. Un consensus afectivo que une sin prender, sin quitarle la autonomía al otro y que constituye un verdadero sentimiento de solidaridad: un «saberse y sentirse juntos», un «estar en una unión muy poderosa en total independencia». ¿Acaso no se llama a esto «Amor»?
R. B. I.: Participar activamente en el parto y en el nacimiento de su hijo, ¿le permite al padre ocupar su lugar más fácilmente?
F. V.: La conclusión de lo dicho anteriormente debe ser clara. Si el padre acompaña a su mujer desde la concepción con una afectividad confirmante sincera, participa activamente tanto en el embarazo como en el nacimiento de su hijo; su lugar está ya incontestablemente marcado y ocupado. Está en su sitio desde el primer instante; un lugar del cual no debe nunca dejarse desalojar.
R. B. I.: Cuando usted le propone al padre, tras el nacimiento, colocar al niño sobre el vientre de su madre y presentárselo, ¿piensa que la situación es adecuada? ¿No cree que debería ser la madre quién deba presentar el niño a su padre como lo subrayó Lacan?
F. V.: Se trata de un acto sensato cuyo interés ha sido numerosas veces probado.
Se debe colocar al niño sobre el regazo de su madre -regazo del que acaba de salir- de inmediato tras el nacimiento para que se sienta tranquilizado y asegurado en este contacto piel a piel y para que escuche el latido del corazón tan íntimo y tan familiar de su madre hasta que respire de forma autónoma y el cordón deje de latir. Creo que esto representa un acto que, cada vez más, se convierte en una actitud aceptada.
En lo que concierne a la segunda parte de su pregunta, las ideas de Lacan no son las mías, y no comparto en absoluto su opinión sobre el hecho de que deba ser la madre quien presente el niño a su padre. Al contrario, el acto que incumbe específicamente al padre es el del détachement [desligamiento]. Mediante este acto, hace autónomo a su hijo de tal forma que éste mantiene su propia cabeza para mirar el mundo en que se encuentra, bien sostenido en su base. El niño se siente en seguridad, y, de esta forma, se instaura el «sentimiento de seguridad de base» del que precisa fuertemente para la expansión de su autenticidad.
El nacimiento ya es en sí un primer détachement de la madre; un détachement esencial que se realiza, en primera instancia, por el corte del cordón umbilical efectuado por el padre.
Se produce un real desligamiento cuando el niño, aún sobre el regazo de su madre para descansar tras su entrada activa en el mundo, respira libremente, y el cordón -que ha dejado de latir- rompe la última unión vital que lo unía a su madre a través de la placenta y pone fin a un estado cuasi simbiótico con ella.
Se continúa con la «apertura al mundo»:el padre -tras este desligamiento del niño- refuerza el détachement sosteniendo bien su base, elevándolo con un movimiento suave y volviéndolo hacia el mundo. Es un momento emotivo en el que se ve al niño, asombrado, abrirse al mundo como una flor que se despliega. Mediante este acto que da seguridad, el «padre» presenta y muestra con orgullo el niño a la «madre» de forma que ella lo vea por completo en un «estado de autonomía primordial».
Tras esta acción -que no dura más que algunos minutos, pero que es de una cualidad fundamental y esencial para que el niño se sienta verdaderamente liberado del estado cuasi simbiótico del regazo-, el padre vuelve a entregarle a la madre el niño desligado, liberado y asegurado. Lo coloca sobre su regazo de forma tal que pueda desarrollar el comportamiento de libido vitalis de inmediato. El niño trepa -bien sostenido por la mano de su madre- en busca del pezón para asirlo y nutrirse, y, finalmente, para reposar contra el seno de su madre, cercano a su corazón.
R. B. I.: ¿Le parece diferente el amor paternal del amor maternal? ¿Cree usted que existe un «instinto paternal»?
F. V.: En lugar de hablar de «instinto» -una noción ambivalente- sería preferible hablar de «intuición» que es una noción más creativa y humana. Existe, a mi entender, una «intuición ontogénica paternal», pero, en nuestra cultura, estas facultades innatas de nuestra naturaleza humana quedan cada vez más en barbecho a causa de la hiperracionalización de nuestra civilización, lo que conlleva su subdesarrollo o su atrofia. Según mis observaciones, se puede distinguir ciertamente por su naturaleza específica el amor paternal del amor materno. Por ello, el amor de un padre no puede reemplazar completamente el amor maternal y, a la inversa, el amor de una madre no puede sustituir en todas sus dimensiones al amor paternal.
Justamente por estas razones, el niño precisa para su expansión, su crecimiento, su evolución y su maduración -para su individuación y su identificación- de una madre y de un padre. La falta de uno de los dos tiene repercusiones para su propio devenir, ¡repercusiones que no hay que subestimar! No hay que confundir -en este contexto- «instinto» e «intuición» con la noción de «amar». EI amor paternal no se diferencia humanamente del amor maternal, pero no se puede negar que, desde el punto de vista del niño, pueden existir grandes diferencias entre las vivencias del uno o del otro que condicionan los lazos totalmente distintos con la madre y con el padre.



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